Jodete!

Marisa, 4 años, jugaba con los cubiertos en la mesa. Su papá le dijo que se quedara quieta. Pero antes de terminar de darse cuenta de qué le decían, su codito tumbó el vaso de agua.
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“Ahora te jodés y no tomás nada”, le dijo papi. Y ella, pequeñita, entendió que había que joderse, sin entender muy bien qué era lo que había pasado.
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Luisina, dos años, corría por el patio de su casa. Su abuelo le dijo que no corriera, que se iba a caer. Y Lu, obediente, se cayó. “Jodete”, le dijo el abuelito. Y ella sintió que tenía la culpa de algo que no sabía muy bien qué era…

Isa acarició al gatito que vio en la calle. Y el gatito la arañó. “Jodete”, le dijo su mamá. “Así aprendés a no tocar animales que no conocés”.

Y así, aprendimos a jodernos. A creer que habíamos hecho algo mal. Y así, aprendimos a decirle al otro o a la otra que se jodan.
Y así, desde pequeños, se nos desdibujó la compasión, se nos fomentó la saña, se nos apartó de la maravilla de ser un poco más humanos.

Que nadie se joda si podemos decirle a Marisa que juegue, que sea feliz. Que le podemos llenar el vaso otra vez.

Que nadie se joda si le podemos decir a Luisina que corra, que se divierta, que disfrute de sus piernas, de la brisa en su piel. ¿Y si se cae? Le damos la mano, la ayudamos a que se levante, la abrazamos, y le decimos que una caída no es grave.
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Que Isa sepa que nunca está mal expresar cariño, aunque el otro no pueda recibirlo.
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Para que cuando Marisa, Luisina e Isa sean grandes, no digan por ahí indiscriminadamente: “Jodete, vos te lo buscaste”.
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Para que cuando cuando Marisa, Luisina e Isa crezcan, no desplieguen el dedito acusador que les movieron a ellas, cuando de tan pequeñas que eran, ni se dieron cuenta de que se les filtraron por la conciencia los lentes de la falta de sensibilidad por lo que le pasa al otro.

Laura Szmuch